Cerca de la roca, yacía aquel gazapo semimoribundo, jadeando arrítmicamente y con la mirada fija en el gris cercano. Me acerqué con la intención de envolverlo en el jersey y darle un calor que alentase su esperanza de vida, pero tal vez con el intento aceleré su muerte.
Quedé triste para el resto del día. Se fue en un aliento esa vida truncada por la rueda de una bicicleta del que disfrutaba de un soleado domingo, sin mirar atrás.
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